ARTÍCULO

Una persona trabajadora, un voto: la empresa cooperativa

cooperativa-trabajo-asociado El movimiento cooperativo nació como fórmula de resistencia de las clases trabajadoras frente a los efectos devastadores de la Revolución Industrial y el capitalismo. La crisis del 2008 ha revitalizado las propuestas de la economía social y solidaria para resolver necesidades muy distintas (empleo, vivienda, ahorro, consumo, etc.), ampliando los espacios de control y toma de decisiones de manera directa y construyendo laboratorios de innovación organizacional que ponen en práctica diversas formas de democracia económica. Sandra Salsón Martín[1], Fernando Sabín Galán[2] , Marcos de Castro Sanz[3]
  1. La empresa cooperativa: un movimiento con historia
La empresa cooperativa nace como movimiento reactivo a la nueva “cultura emergente” en la Revolución Industrial (siglo XIX), por lo que es necesario hablar del entorno que la hace surgir para entenderla, pues el esquema se suele reproducir siempre que se emprende esta forma de hacer empresa. A partir del nacimiento de las cooperativas, surgen otros movimientos y figuras jurídicas que extienden este modelo de empresa a conceptos integrados en el paraguas de la economía social y solidaria[4]. El cooperativismo es un sistema económico y social, una forma de hacer empresa basada en la creatividad colectiva, la libertad, la igualdad, la participación, la solidaridad y la cooperación, que armoniza los intereses colectivos e integra la ayuda y colaboración activando la reciprocidad. Es el resultado de un largo proceso histórico que ha demostrado que, desde el comportamiento asociativo, solidario y cooperativo, se pueden conseguir situaciones de construcción social, equitativas e integradoras, que el sistema económico dominante no sólo no proporciona, sino que, en general, tiene una tendencia contraria, excluyente y de descohesión social. A partir de estos comportamientos cooperativos, se generan diversas formas de organización social y económica que, en base a la reciprocidad, persiguen la realización de la justicia y la igualdad a través de la acción económica y la promoción humana, generando cohesión social[5]y estableciendo relaciones de confianza en la sociedad[6].La compleja crisis multidimensional actual (económica, ecológica, social, de cuidados, etc.), por la que se transita desde 2007, dibuja un futuro incierto en el que el cooperativismo emerge como fórmula útil para organizar diferentes necesidades vitales (empleo, vivienda, educación, etc.) ante los desafíos que están por venir. Esta forma de hacer empresa nace en Inglaterra[7]. Antes de 1750 la producción económica era básicamente artesanal y manufacturera, se producía en pequeños talleres de propiedad individual. El salto de la economía feudal a la capitalista fue lento (los siglos del XIV al XVI significan ese proceso pausado) y se pasa de una economía diseñada para el uso a otra economía pensada para el consumo. Los elementos que provocan el fin de la economía feudal han sido largamente debatidos, pero hay cierto consenso en que se basan en el desarrollo del comercio, que genera acumulación de capital, cuyos poseedores deciden invertir en las fábricas, que les permitan producir más para vender más y, sobre todo, más allá de sus territorios[8]. En esta búsqueda, se inventó la máquina de vapor, el telar mecánico y la utilización de la energía eléctrica. Este cambio se dio entre 1750 y 1850 y se ha conocido con el nombre de "revolución industrial". Comenzó en Inglaterra. La utilización de la máquina comenzó en el sector textil, luego se extendió a otros sectores, como la minería, la siderurgia (fabricación de hierro y acero) y los transportes marítimos y terrestres (barcos de vapor y ferrocarriles). Con la implantación de las máquinas aparecieron las grandes fábricas, que ya no producían por contrato para un pequeño número de clientes, sino que lo hacían en gran escala para un mercado más extenso. El proceso convierte a las ciudades en polo de atracción, abandonando los agricultores su débil situación económica (dependían de sus “Señores”, dueños de las tierras) emigrando a la ciudad e integrándose en la gran fábrica, nunca vista, pero despertadora de horizontes más brillantes (al menos en su fantasía). La mayor población urbana e industrial hizo necesario plantear sistemas de organización del trabajo, procurando aprovechar al máximo los instrumentos y técnicas de la tarea. Lo que originó una “rutinización”[9]del trabajo (propia de la producción en cadena), explotada por el propietario de la gran fábrica, cuyo fin era maximizar la fabricación, reduciendo todo a un recurso de producción, también las personas. Para que las personas produjeran más se indagaron nuevas formas de trabajo (Taylor, Ford, incluso F. Herberg, que investigó sobre los grupos de trabajo para que estos fueran más efectivos, o Maslow, con su escala motivacional). Lo cual, más el objetivo de maximizar el beneficio y la necesaria retribución al poseedor del capital (al accionista), constituye la base de la cultura empresarial actualmente dominante. Constituyó el ADN de la empresa durante los siglos XIX, XX y XXI. Los propietarios impusieron sus condiciones de empleo a los obreros y obreras, quienes se vieron en la obligación de trabajar hasta 18 horas de diarias por salarios muy bajos, incluso sin salarios[10]; en varios casos consumían mediante los vales canjeables en las tiendas propias que la misma fábrica les proporcionaba. Frente a estas condiciones, se generó una huelga, lo que precarizó más aun la situación. La precariedad hizo necesario buscar una solución. Era el año 1844. En una pequeña localidad de Inglaterra, llamada Rochadle, algunos trabajadores y trabajadoras propusieron crear una cooperativa para que, con el empeño de todos, se pudiera proporcionar alimentación y vestido a quienes lo necesitaran. Previamente se habían iniciado otras experiencias que fracasaron, lo que generó resistencias a la idea. Ante las reticencias, los promotores decidieron aprobar unos estatutos en los que, en todo momento, prevalecía lo colectivo sobre lo individual, para que ninguna expectativa personal pudiera bloquear la experiencia cooperativa. La cooperativa funcionó superando errores anteriores. Sus estatutos sirvieron de pauta para que, posteriormente, la Alianza Cooperativa Internacional (ACI[11]) apoyara en ellos los principios básicos del cooperativismo. Así pues, se puede afirmar que la primera cooperativa propiamente dicha surgió en Rochdale, Inglaterra, en el año 1.844, y fue formada por 27 trabajadores y una trabajadora de una fábrica de esta población. El cooperativismo surgió como una de las alternativas de lucha, utilizadas por quienes venden su fuerza de trabajo en la empresa, para defenderse de las condiciones económicas y sociales denigrantes que surgieron como consecuencia de la "revolución industrial". Curiosamente, en la misma época y en el mismo país, Inglaterra, surgen los sindicatos -como fuerza unitaria de las personas trabajadoras para defender su dignidad ante los poderes económicos y empresariales que implantaban condiciones de esclavitud laboral- y se refuerzan las mutualidades como instrumentos de costear en común necesidades familiares que, individualmente, no podrían haber sido abordadas. Movimientos solidarios que reaccionan contra las condiciones impuestas por la cultura empresarial naciente. Esta tendencia dominante del sistema emergente, diferente del feudalismo, centrada en la producción desaforada organizada por el poseedor del capital (dueño de la empresa), donde el obrero y la obrera tan sólo vendían su fuerza de trabajo (como recurso de producción), ya lo anticiparon los llamados “socialistas utópicos”, intentando neutralizarlo con teorías económicas más equitativas[12]. Algunos de los cuales comprendieron la importancia de la organización para establecer medidas prácticas de defensa de los intereses de los trabajadores. De entre los “pioneros” se puede destacar, entre otros, a Robert Owen (1771-1858), Charles Fourier (1772-1837) y Saint Simon (1760-1825). Fourier llegó a potenciar la creación de falansterios[13]. La creación de la Cooperativa de Rochdale despertó un vivo interés en los sectores obreros y sindicales de todos los países de Europa, donde empezaron a organizarse sociedades cooperativas para diversos fines. En Alemania, por ejemplo, en 1.862 se organizaron las Cajas Raiffeissen, las cuales eran una serie de cooperativas destinadas a prestar servicios de ahorro y crédito a los pequeños propietarios rurales. El sistema se expandió hacia Bélgica, Francia e Italia y en 1.872, se constituyó en Alemania la primera Federación de Crédito como institución central para financiar el capital necesario para las cajas de préstamos. En la actualidad, la Unión Raifeissen cuenta con 82 cooperativas de segundo grado y cerca de 3.000 cooperativas de crédito rural. En otros países (Francia, España…) se organizaron cooperativas de producción agrícola, además de cooperativas de trabajo, destinadas a eliminar a los intermediarios, que explotaban por igual a los productores y a los consumidores. El cooperativismo de consumo alcanzó un alto nivel de desarrollo en Suecia, donde ha logrado controlar sectores decisivos de la vida social y económica. De acuerdo a la Alianza Cooperativa Internacional[14],250.140.412 millones de personas, en los cinco continentes, se encuentran actualmente asociadas a estas empresas, y en muchos países han jugado un papel clave en el crecimiento económico de cada nación. En Europa, el empleo remunerado de las cooperativas, mutuas, asociaciones, fundaciones y entidades similares es de 13.621.535[15](2014-2015).
  1. La empresa cooperativa en el presente: la práctica democrática de gestión de las empresas[16]
Es importante analizar los valores que subyacen en el empeño de quienes iniciaron esta experiencia, pues serán valores que se reproducirán en las iniciativas posteriores, inventando o innovando, colectivamente, experiencias solidarias empresariales, incluso en las diversas figuras que componen la economía social y solidaria. El esquema sería:
  • Es una reacción cargada de cierta “utopía”, pues aporta una solución cuando perecía que se estaba en un “callejón” sin salida. Las personas promotoras crean una salida donde parecía que no la había. La reticencia de otros no les paraliza ni anula su esfuerzo.
  • Pero la utopía ha de ser necesariamente realizable, pues en medio están las esperanzas de personas que sufren y se sienten amenazadas de exclusión, o de quienes desean nuevas formas de organización empresarial distintas de las tradicionales. La solución que se proponga no puede quedar en expectativas, sino en realidades tangibles que ayuden a salir del problema. Es una utopía realizable
  • Se concreta en la apertura de una empresa (han de ser soluciones económicas y laborales), lo que exige fidelidad y exigencia en las técnicas de gestión (económica y de valores), pues ello asegurará la realización eficaz de las soluciones propuestas.
Ello apunta a que no es posible desligar lo que ocurre en la sociedad de la acción económica de la empresa cooperativa (y de la economía social y solidaria[17]), porque esta acción responde positivamente, aportando soluciones, a las condiciones de un sistema económico y social[18]que no suele tener como eje dominante la cohesión social (o la participación) y es generador de exclusión, sin que existan medidas institucionales que puedan neutralizar estos efectos. La cooperativa aporta soluciones económicas y empresariales, remedia problemas que no tendrían otra alternativa y que normalmente estarían expuestos al dolor de la exclusión o de la marginación en el sistema productivo, tan frecuente en este mercado globalizado. Por tanto, lo específico de este tipo de empresas, es preciso insistir en ello para reforzar su “imprescindibilidad” social, es que no nacen de una expectativa de rentabilidad, de generación de riqueza personal, sino para crear riqueza colectiva y aportar soluciones a problemas sociales que, de otra forma, no tendrían salida. Nacen de una necesidad que no tiene respuesta desde el mercado, para unas determinadas personas o para un territorio determinado. Siempre es una reacción colectiva, no individual. Su sistema de toma de decisiones depende de las personas (una persona un voto, exigencia legal especialmente en las cooperativas) y no de la participación en el capital. Por esto se llaman “empresas de personas”, frente a las “empresas de capital”, cuya estructura de decisiones depende del capital que se posea. Los ejes dominantes del ADN empresarial tradicional[19]no entran como valor en la empresa cooperativa, al contrario, se concibe la propiedad de forma horizontal (todas las personas tienen la misma participación en el capital) y el poder es, consecuentemente, horizontal (una persona un voto): las personas son el centro de la economía, no un mero recurso de producción. El cuadro siguiente esquematiza diferencias importantes entre la empresa de capital y la de economía social:
Economía social Economía de capital
Nace de un problema social Nace de una oportunidad del mercado
La economía es para la solución La economía es para rentabilizar la inversión
El beneficio es para potenciar el objeto social El beneficio es para retribuir a los inversores y/o acumular capital
La propiedad es colectiva (de las personas) La propiedad es del accionista (del capital)
Recoge la creatividad colectiva[20] “Compra” la fuerza del trabajo
  1. La participación ciudadana y el emprendimiento colectivo
Los últimos diez años han supuesto un período especialmente interesante en lo que respecta a la evolución de la economía social y solidaria en España. Quizás lo más destacable ha sido el resurgimiento del cooperativismo de usuarias y/o consumidoras como fórmula de organización de las personas y las empresas para lograr satisfacer necesidades. El viejo modelo cooperativo, que tanto éxito tuvo en la historia cooperativa agregando a decenas de miles de trabajadores y trabajadoras en torno al consumo de bienes básicos, volvía a ponerse encima de la mesa antes del 15M, pero con un enfoque bien distinto, por integrar tres particularidades: los promotores, los bienes a los que se quiere acceder y la forma de organización de las empresas. Tres características que se repiten en las distintas experiencias que empiezan a cuajar al final de la década de los 2000. Proyectos como Fiare[21], Som Energía[22], Som Conexio[23], los grupos de consumo, nuevas iniciativas de comunicación escrita[24], los mercados sociales[25]o las cooperativas integrales[26]comparten en ese contexto, pre y post 15M: la voluntad de buscar alternativas reales, empoderantes y democratizadoras de la economía en sectores clave del sistema económico. En un momento en el que el tejido de la economía solidaria es muy activo políticamente, y la economía social tradicional está centrada en salvar las empresas, es la sociedad civil, movilizada y hastiada, por soportar las consecuencias del modelo neoliberal, la que conecta con los sectores emprendedores de la economía solidaria y ve en sus alternativas económicas un lugar de interés común para explorar y apostar. Por lo tanto, son las personas y algunas pymes las que mayoritariamente ponen en marcha estas iniciativas, que ya con el 15M recogen la masa crítica suficiente para consolidarse como referentes innovadores y replicables. Cinco años después, además del incremento del número de experiencias en el ámbito financiero, energético (con un gran despliegue territorial) o en el de la comercialización de bienes y servicios, se han añadido experiencias basadas en el cooperativismo de consumo o mixto en la alimentación, la educación, los servicios de salud, las telecomunicaciones, la movilidad o la vivienda, entre otros. Todos ellos compartiendo un modelo basado en los principios cooperativos e integrando de forma clave la sostenibilidad, tanto ambiental como social, de las organizaciones a partir de la participación democrática en torno a un interés común. Apuestas que nos remiten, salvando las distancias, a los modelos de gestión de los comunes, que describe y analiza la premio nobel Eleonor Ostrom, si consideramos que la energía generada por las cooperativas eléctricas o el dinero de ahorros que gestiona Fiare son nuevos bienes comunes al servicio de una comunidad que busca transformar su entorno. También es significativo que la agenda del municipalismo que se presentó, en algunos lugares, a las elecciones en 2014 integraba en su propuesta programática algunos de los planteamientos fundamentales de estas experiencias. Tomándolas como referencia a la hora de imaginar cómo se pueden generar nuevas instituciones democráticas para gestionar las necesidades comunes, mejorando el actual modelo de disputa entre lo público y lo privado. En este contexto, se observa el protagonismo ciudadano y activista en las experiencias descritas. Se trata de una apuesta por quitarle al mercado tradicional una parte de su poder en el control de sectores estratégicos a través de dos caminos: impulsando un cooperativismo de consumo des-mercantilizador y empujando hacia un mayor protagonismo de lo cien por cien público-común en cuanto a la prestación de servicios básicos. Si se hace zoom en alguna de estas experiencias, podríamos destacar los mercados sociales. Una experiencia diseñada en base a las grandes centrales de compras con las que soñó el cooperativismo de los primeros años del siglo XX (Cataluña, País Vasco, Valencia, Madrid…) y que en poco más de ocho años ha conseguido ser la herramienta de articulación y promoción de la oferta de bienes y servicios de la economía solidaria más significativa y distribuída territorialmente. Al menos seis territorios en el Estado tienen diferentes modelos organizativos y jurídicos para dar forma a los mercados sociales, formados por empresas y personas que creen en el consumo responsable como movimiento de transformación socioeconómica. En todos ellos el objetivo es lograr conectar a las personas consumidoras con el tejido productivo y favorecer los canales de participación y democratización en los ámbitos de la producción, la distribución y el consumo. El uso de monedas sociales, la organización de ferias, la elaboración de catálogos y el desarrollo de sellos que certifican un desempeño empresarial basado en la carta de principios de la economía solidaria son los cuatro pilares que tienen en común estas experiencias. Queda mucho camino por recorrer. No obstante, la experiencia de hacer crecer la cooperación interempresarial en un contexto de fuerte crisis económica ha sido clave para lograr la supervivencia y posterior crecimiento de un movimiento económico que empieza a tener una propuesta parcial, pero solvente, de organización de la producción y la satisfacción de necesidades bajo fuertes principios morales y algunas ideas que parecen revolucionarias en estos tiempos, como la cooperación frente a la competencia, el no ánimo de lucro o la incorporación de las perspectivas ecosocial y femininista.
  1. La democracia económica y la pequeña empresa
En 1973 se publica una colección de ensayos del economista alemán E.F. Shumacher bajo el título Lo pequeño es hermoso: economía como si la gente importara. Haciendo un pequeño homenaje a este maravilloso título, que tiene resonancias en otras bellas afirmaciones -como la de E. Galeano sobre la capacidad de transformación de las personas haciendo cosas en su entorno cercano-, es relevante identificar algunas de las claves organizativas que caracterizan a las empresas de economía social y solidaria. Pues estas empresas constituyen interesantes laboratorios de innovación organizacional que ponen en práctica formas diversas de realizar la democracia económica. Parece conveniente hacerlo partiendo de una experiencia empresarial concreta de organización e intercooperación entre pymes de ESS[27]y descubriendo algunas dimensiones clave en el grupo cooperativo Tangente[28], como ejemplo situado de democracia económica. Este grupo empresarial[29]está formado por 14 cooperativas y más de 130 profesionales especialistas en la elaboración y ejecución de proyectos innovadores, integrales y multidimensionales, con el objetivo de mejorar la calidad de vida de las personas y el medio ambiente. Genera conocimiento y vanguardia en sus ámbitos de actuación. Es el resultado de 15 años de trabajo intercooperativo entre las entidades que lo componen, siempre sujetas a los principios y valores de la economía social solidaria, y en el que se construye desde el paradigma de lo común. A lo largo de estos años, Tangente ha ido configurando sus propias prácticas y normas de autogestión orientadas al beneficio colectivo. En la siguiente tabla se recogen algunas de estas prácticas y normas, con las que se pretende ejemplificar un modelo real, y por tanto incompleto e imperfecto, de lo que significa practicar la democracia económica en el ámbito de una pequeña empresa.
Sobre la propiedad Sobre la democracia
  • Todas las cooperativas que forman Tangente, con independencia del capital y la cuota económica que aportan, son iguales en cuanto a sus derechos y responsabilidades.
  • La información de todo tipo (económica, estratégica, comercial, etc.) es transparente y accesible para todas las cooperativas.
  • Tangente genera riqueza común. Todas las cooperativas que forman Tangente son dueñas de los beneficios comunes, tangibles e intangibles, que genera la marca.
  • Los recursos de que dispone Tangente son de uso colectivo y todas las cooperativas son responsables de este uso ante las demás.
o   Cuando se trata de recursos limitados (económicos, personales, materiales…), las reglas de uso se deciden colectivamente o   Cuando se trata de recursos ilimitados (ideas, participación, procedimientos, etc.), la regla es el acceso abierto, todas aportan y todas reciben.
  • La democracia en Tangente se construye de abajo a arriba. Las cooperativas que forman el grupo van modificando las estructuras y procedimientos de toma de decisiones en función de su momento de desarrollo y madurez como estructura y escuchando las necesidades de todas las que forman parte del proyecto.
  • La democracia en Tangente está descentralizada. La estructura de coordinación tiene limitadas sus áreas de actuación y decisión, que deben estar refrendadas por las cooperativas que forman el grupo a través de la asamblea, en la que están representadas todas las cooperativas.
  • Cada cooperativa es autónoma y soberana en su gestión, organización y toma de decisiones, pero todas incluyen su pertenencia a Tangente entre sus ámbitos clave de organización y toma de decisiones.
 
Sobre la intercooperación Sobre la corresponsabilidad
  • La intercooperación en Tangente ha permitido fortalecer las relaciones sociales entre las personas que forman parte del grupo. Una estructura así constituida asegura relaciones de intercambio equitativas y un uso sostenible y consciente de los recursos comunes.
  • La clave de estas relaciones sociales es la complementariedad personal, profesional y empresarial.
  • Las personas de las diferentes cooperativas intercooperan en proyectos comunes. Estas relaciones se establecen en un marco de responsabilidad personal y colectiva autorregulada. Cada persona es responsable de su trabajo ante su propia cooperativa, ante las que colaboran con ella en un proyecto concreto y ante Tangente.
  • La intercooperación permite que Tangente sea un universo diverso, en el que se conforman diferentes comunidades, algunas centrales y otras periféricas, aunque estos espacios relacionales se modifican en función del tiempo y la materia en torno a la que se produce la agregación. En cualquier caso, todas esas comunidades aportan al común ideas, soluciones, propuestas, innovación.
  • Las personas que forman Tangente se saben seres sociales y cooperativos, por eso las prácticas y las normas que se establecen en Tangente buscan el bienestar de todas.
  • Las personas que forman Tangente se saben interdependientes, por eso ponen en práctica estrategias que les permiten hacerse cargo de su propia vulnerabilidad y de las de otras que dependen de ellas.
  • Las personas que forman Tangente se preguntan ¿qué necesitamos para vivir?, para vivir todas dignamente, y ajustan sus ciclos a las respuestas que se van dando.
  • Las personas que forman Tangente son conscientes de que el crecimiento y bienestar de cada una es condición para el crecimiento y bienestar de las demás.
Identificar estas prácticas, darlas a conocer, compartirlas y complementarlas con otras experiencias de democracia económica (cooperativas, empresas sociales, emprendimientos colectivos, etc.) es una forma esencial de trabajo dentro de la economía social y solidaria, calificado como trabajo en red. La red permite articular relaciones que hacen que el tejido de la economía solidaria se haga denso y resistente, permitiendo a su vez la autonomía de cada nodo. Ésta es una estrategia clave para el crecimiento y la consolidación del tejido de la economía solidaria. Permite la interconexión, la réplica, la innovación sobre prácticas que ya existen, el aumento en la capacidad de acometer retos más grandes y desafiantes y funciona porque respeta las claves de lo colectivo, lo democrático y lo común. La red es la forma en la que las “hermosas” pequeñas empresas de economía social y solidaria logran que «mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puedan cambiar el mundo». La economía social y solidaria se identifica muy bien con esta afirmación de Eduardo Galeano. Prácticas como las que se han identificado en el caso de Tangente Grupo Cooperativo son viables en grupos de dimensiones reducidas. Estas prácticas adquieren su potencia transformadora a través de las relaciones de intercooperación, que amplían el alcance de las mismas. Otra característica de este modelo de empresa tiene que ver con el alcance territorial. Para la economía social y solidaria, este aspecto se concreta en el principio del arraigo al territorio. Las empresas de economía social y solidaria están intensamente relacionadas con el territorio en el que están insertas. Forman parte del tejido social, que densifica y fortalece las relaciones de proximidad. El alcance territorial es limitado, pero denso. Como afirma el Comité Económico y Social Europeo (CESE)[30],en uno de sus dictámenes:

“Las PYME y la EES forman parte del tejido local. Desempeñan, pues, un papel fundamental en el desarrollo local, por lo que las autoridades locales deberían crear con ellas asociaciones activas en favor de este desarrollo[31].

Estas empresas tienen que ver con el subtítulo del libro de Shumacher, economía como si la gente importara. En estos grupos empresariales es más factible cuidar los procesos, atender a las necesidades de cada persona sin perder de vista el objetivo común. La empresa cooperativa fomenta la capacidad de emprender en colectivo, lo que anima a realizar proyectos y asumir riesgos que de forma individual no se abordarían[32]. Genera confianza y desarrolla la capacidad creativa de la alianza colectiva. Este valor no se da en la empresa tradicional, más centrada en la competitividad personal e individual. Allá donde no existen otras oportunidades la economía social crea oportunidades para las personas. Precisamente por ser un empeño colectivo, recoge la potencialidad e implicación que unifica fuerzas en la misma dirección, lo que refuerza la fortaleza del proyecto empresarial e incrementa la resistencia ante las posibles crisis en estas empresas. Las empresas cooperativas han resistido la crisis mejor que el resto del tejido empresarial, lo cual se refleja en una menor tasa de cierre de empresas y en una menor destrucción de puestos de trabajo. Los factores fundamentales que determinan este comportamiento tienen que ver con los principios y valores en los que se basan estas empresas, así como con su mayor capacidad tanto para adaptarse a las condiciones del mercado como para ajustar los salarios y las condiciones laborales a la reducción de los ingresos de la empresa[33]. En los últimos años, la ESS, con el cooperativismo a la cabeza, trabaja para crecer y consolida

Notas al pie de página (Corregidas)

[1] Nota 1 de Sandra Salsón Martín. [2] Nota 2 de Fernando Sabín Galán. [3] Nota 3 de Marcos de Castro Sanz. [4] Nota 4. Referencia a la economía social y solidaria. [5] Nota 5. Referencia a la cohesión social. [6] Nota 6. Referencia a las relaciones de confianza. [7] Nota 7. Origen en Inglaterra. [8] Nota 8. Referencia al desarrollo del comercio y el fin de la economía feudal. [9] Nota 9. Referencia a la rutinización del trabajo. [10] Nota 10. Referencia a las condiciones laborales. [11] Nota 11. Referencia a la Alianza Cooperativa Internacional (ACI). [12] Nota 12. Referencia a los socialistas utópicos. [13] Nota 13. Referencia a los falansterios. [14] Nota 14. Referencia a las cifras de la ACI. [15] Nota 15. Cifras de empleo en Europa. [16] Nota 16. Referencia a la práctica democrática de gestión. [17] Nota 17. Referencia a la economía social y solidaria. [18] Nota 18. Referencia al sistema económico y social. [19] Nota 19. Referencia al ADN empresarial tradicional. [20] Nota 20. Referencia a la creatividad colectiva. [21] Nota 21. Referencia a Fiare. [22] Nota 22. Referencia a Som Energía. [23] Nota 23. Referencia a Som Conexio. [24] Nota 24. Referencia a iniciativas de comunicación escrita. [25] Nota 25. Referencia a los mercados sociales. [26] Nota 26. Referencia a las cooperativas integrales. [27] Nota 27. Referencia a pymes de ESS. [28] Nota 28. Referencia al grupo cooperativo Tangente. [29] Nota 29. Referencia a la composición del grupo Tangente. [30] Nota 30. Referencia al CESE. [31] Nota 31. Cita del CESE. [32] Nota 32. Referencia a emprender en colectivo. [33] Nota 33. Referencia a la resistencia de las cooperativas en crisis.

 

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