ARTÍCULO
Responsabilidad social empresarial y regulación pública de la economía: reflexiones ante la pandemia
La pandemia del covid19 ha dado lugar a muchas reflexiones sobre el mundo que encontraremos cuando acabe. Aquí se pone el acento en cómo ha envejecido la música de la RSC y las contradicciones que ha supuesto intentarla conciliar con el discurso neoliberal
Por José Ángel Moreno Izquierdo (Economistas sin Fronteras)
Todo parece indicar que los durísimos efectos económicos de la pandemia de la covid-19 van a exigir un peso notablemente mayor y un papel sensiblemente más activo del Estado y del Sector Público en la economía. El consenso -esperanzado o resignado- al respecto es cada vez mayor. Y que no rechazan en absoluto en estos momentos las grandes empresas. Naturalmente, porque la negra situación que está provocando la crisis les hace desear fervientemente una mayor intervención pública -lo que en muchos casos es ciertamente imprescindible para su supervivencia-. Pero una intervención sólo para ayudarlas: orientada fundamentalmente a suministrar liquidez, seguridad, capital y sostenimiento de su demanda. Y que dure cuanto más mejor, pero, desde luego, sin exigencias que puedan distorsionar el mercado. Como gran contrapartida corporativa, empiezan a proliferar de nuevo -como en la crisis de 2008- firmes declaraciones -y algunas moderadas materializaciones- de su mayor compromiso con la sociedad, porque la pandemia habría revelado presuntamente (una vez más) la necesidad de que las grandes corporaciones se replanteen profundamente su misión, sus valores y su relación con la sociedad, desde el convencimiento (ahora sí que sí) de que su responsabilidad social es un elemento imprescindible para una recuperación económica que debe ser más justa, equilibrada y sostenible (sic). Como se señala en un artículo muy representativo de esta sensibilidad, “... lo que está haciendo la situación ocasionada por la covid-19 es dar un gran impulso a esta tendencia”, que puede estar en la base de un nuevo “contrato social” “guiado por la promesa de una vida mejor para todos”. Pero, eso sí, sin que suponga mayores control y regulación para las empresas. Es verdad que se están produciendo casos de solidaridad empresarial en medio de la tragedia: algunos, sin duda, muy encomiables. Pero en líneas generales, suena a algo ya muchas veces prometido y pocas realmente cumplido: de nuevo la vieja canción de la responsabilidad social empresarial (RSE). Una canción que no se ha olvidado con la crisis -como sugería recientemente Joaquín Estefanía-, sino, muy al contrario, que cambia de contenido de acuerdo con las circunstancias, adaptándose a las cambiantes necesidades corporativas: en la crítica situación actual, acentuando las virtualidades de su presunto compromiso con la sociedad. Pero una canción que -como recuerdan permanentemente las grandes empresas- sólo puede desplegar sus virtudes sanadoras si se entona libre y voluntariamente. Así la han entendido siempre, desde que apreciaron su funcionalidad a mediados de la década de 1990, en plena vorágine de la ideología neoliberal, cuando empezaron a ondear entusiásticamente su bandera virginal al tiempo que desarrollaban en la práctica comportamientos absolutamente opuestos a lo que la RSE dice defender: cortoplacismo, fortalecimiento del gobierno de los accionistas, maximización del valor accionarial, desigualdad, deterioro de las condiciones y de los derechos laborales, prácticas muy cuestionables, aumento de las externaldades negativas, generalización de la externalización, de la subcontratación y de la deslocalización de la producción... No deja de ser paradójica esta adhesión simultánea a las estrategias vorazmente neoliberales y, a la vez, al educado discurso de la RSE. Una clamorosa contradicción -que los defensores de la RSE suelen pasar por alto- entre lo que se hace y lo que se dice. Salvo que la contradicción sea sólo aparente. Es decir, salvo que el discurso se utilice básicamente para hacer más digeribles por la sociedad los comportamientos reales: para justificar su necesidad, para mitigar las críticas y resistencias, para dulcificar sus efectos a través de las compensaciones que la RSE -pretendidamente- aporta. Como un lavado general de imagen. Pero también como un mensaje dirigido a los gobiernos: como promesa de cambio, si se permite que el discurso empresarial de la RSE fructifique. No está de más, en este sentido, recordar el contenido esencial de ese discurso. Un discurso que las grandes empresas -y toda su corte de expertos, asesores, consultores, verificadores, etc.- han planteado siempre en términos radicalmente económicos y siempre también cara al futuro -invariablemente indefinido-. Un discurso basado en dos elementos:
- Que -según dicen- han llegado al convencimiento de que la gestión socialmente responsable fortalece a medio y largo plazo no sólo la reputación, sino sobre todo, el desempeño económico de la empresa que la asume con integralidad; que, aunque a corto plazo pueda suponer costes, a larga se trata de un juego en el que todos ganan: desde luego la sociedad, pero también las empresas. Y por eso la asumen: no por convencimiento moral, sino por puro pragmatismo, por inteligencia (por “egoísmo ilustrado”). Desde luego, es un convencimiento puramente retórico, nunca asumido de verdad en la realidad, entre otras cosas, porque es un oxímoron insuperable: porque ni es suficientemente comprobable ni, aunque lo fuera, podría ser una guía para la gestión, en la medida en que la empresa -sobre todo la gran empresa cotizada- no puede nunca permitirse el lujo de condicionar de forma sustancial el beneficio presente a un hipótético futuro mejor.
- Que incorporado ese criterio a la retórica empresarial -como el nuevo discurso políticamente correcto-, la gran empresa lo convierte en un argumento adicional para reforzar su resistencia al intervencionismo publico, en una pirueta dialéctica verdaderamente espectacular. Como las empresas más avanzadas en la integración de la RSE van a ir demostrando paulatinamente su mayor competitividad en el mercado, las restantes tratarán de imitar sus comportamientos, incluyendo también criterios responsables en su gestión. De forma tal que la RSE se irá extendiendo milagrosamente, automáticamente, casi inevitablemente, por simple imitación, gracias a la pura inercia del libre funcionamiento del mercado, conduciendo a un tejido empresarial progresivamente más responsable, más sostenible y mejor. Pero sólo, claro, con una condición: que se deje funcionar libremente al mercado; es decir, que el Estado no entorpezca esta mágica dinámica con una intervención excesiva.
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